El tres de enteros

Como se puede ver en la foto, el tres de enteros siempre se aparta de la manada, tanto en Kenia como en Barcelona. Así lo quiere el Universo. Cuando llegamos tarde para ver la jam session en el bar que lleva el nombre del gran pedo que hizo nacer este mismo universo, decidimos jugar al billar. Como querían cerrar el bar, sólo nos dejaron jugar dos partidas, así que al principio de la tercera partida, nos la fastidiaron metiendo las bolas con las manos. Les dije, con mi diplomacia innata, que tenían toda la razón del mundo, pero que al menos podían tener el detalle de devolverle al contrabajo los 1,5 euros que había pagado. Seguramente no conocían a la cantante, porque se atrevieron a negarse, así que ella metió las bolas restantes en su bolso. El guitarrista, el más joven pero también el más pacífico del grupo, consiguió convencer a la cantante de devolver las bolas. Pero a mí me molaba el número que nos estábamos montando, y como ya se habían acabado las buenas relaciones entre los dueños del bar y los músicos, decidí acabarlas bien. ¿Decidí? No, el Universo lo decidió en mi lugar, porque yo nací con cara de inocente y cuando el tres de enteros se me acercaba mientras todo el mundo estaba mirando a la cantante, no me pude resistir. Ahora el tres de enteros vive felizmente en la estanteria de la casa Roger The Flower, lejos de las demás bolas con sus números y rayas tan imperfectos.